mneuronico Nº 002

Explorar caminos desdibujados

En el año 2000, unos investigadores científicos salieron a pasear a un supermercado con muestras gratis de mermeladas. No es que tuvieran algunos frascos de más y quisieran compartirlos por altruismo, sino que tenían un motivo oculto. Resulta que no a todas las personas que pasaban por el supermercado les ofrecían lo mismo. A algunas les daban a elegir entre una selección de 6 mermeladas, y a otras les ofrecían probar uno de 24 sabores distintos. Lo que encontraron se convirtió rápidamente en un resultado clásico de la psicología experimental: si bien una mayor cantidad de frascos llamaba más la atención (más gente se acercaba a mirar), más personas decidieron comprar un frasco cuando las opciones eran solo 6.

A priori, eso podría parecer anti-intuitivo. Al fin y al cabo, si tengo más mermeladas para elegir, hay más chances de que encuentre alguna que me guste, y entonces debería ser más probable que me quiera comprar una. Sin embargo, los investigadores vieron exactamente lo contrario. Y no fue la única vez. Cuando hicieron lo mismo con una bandeja de chocolates, quienes eligieron entre 30 chocolates reportaron que decidir había sido más difícil y frustrante, y las personas que solo tenían 6 opciones terminaron más satisfechos con el chocolate elegido. Elegir entre menos opciones parecía dejar a la gente más conforme. ¿Cómo puede ser?

A esto se lo conoce como la paradoja de la decisión: no siempre tener más opciones nos hace más felices, ni nos ayuda a decidir mejor. A veces, tener menos libertad es mejor.

Libertad es la palabra sobre la que quiero reflexionar hoy. Una manera de definir libertad podría ser la cantidad de opciones sobre las que uno puede elegir. Esa definición ignora un montón de bibliografía filosófica al respecto (perdón) pero pone sobre la mesa algo que intuitivamente tiene sentido. Somos más libres cuando somos capaces de entender y decidir entre más caminos posibles, sin que nadie nos obligue o condicione a tomar alguno por sobre otro. Si podemos elegir entre 2 chocolates, somos menos libres que si podemos elegir entre 100. Si los chocolates no están en una bandeja, sino en una bolsa cerrada, y nos piden que elijamos al azar, los caminos futuros son los mismos, pero nuestra posibilidad de decidir se nulifica. Cuando conocemos más opciones y podemos elegir entre ellas, somos más libres. Por eso la educación nos hace más libres. Por eso ser más pobre, en un mundo capitalista, es ser menos libre. La libertad es tan solo poder elegir.

Y esa libertad, hoy en día y para muchas personas (y muchos gobernantes), es tomada como un valor fundacional y axiomático. Con esto me refiero a que es siempre bueno, y esa bondad no requiere ser justificada ni analizada. Ser libres es intrínsecamente deseable y, cuanto más libres seamos, mejor. Sin embargo, de este valor fundacional se desprende una cosmovisión del ser humano muy particular, y para nada obvia. El ser humano, cuando su base es la libertad, se concibe como un individuo que debe poder hacer todo lo que quiera, cuando quiera, siempre y cuando eso no impida a otros ejercer ese mismo derecho básico. En ese sentido, el principio de libertad es un principio que incentiva la distancia. Mi libertad termina donde empieza la del otro… así que, cuanto más lejos esté de ese otro, mejor, porque más espacio tengo para expandirme. Por eso la libertad y el individualismo van de la mano, son dos caras de la misma moneda. Como un árbol que compite con otros para extender sus raíces bajo el suelo, lo que necesita el individuo para elegir es espacio. Esta visión del mundo valora darle espacio a los individuos para que decidan sin condiciones. Algo casi paradójico resuena de la filosofía budista en la búsqueda común del desapego absoluto, porque es nuevamente una búsqueda individual, no colectiva, de una prometida liberación. En pocas palabras, la libertad pareciera oponerse diametralmente a la cercanía.

Esto no se limita a una corriente filosófica en particular: ideologías varias, tanto de izquierda como de derecha, recomiendan que el ser humano se conciba como una isla, reduciendo nuestra dependencia y nuestra responsabilidad para con otros, para maximizar la libertad individual. Los vínculos y los compromisos se convierten, entonces, en condiciones puestas sobre la propia libertad. Hilos que nos jalan hacia un lado y hacia el otro, ataduras que no nos permiten elegir de manera completamente incondicionada. Las instituciones, también, se convierten en un otro que nos condiciona y limita nuestra libertad. El estado, el matrimonio, la iglesia y la familia, pasan a ser vistas como estructuras que marcan ciertos caminos y nos incentivan (u obligan) a seguir unos, y no otros. La confianza y la relevancia de estas instituciones se cuestiona y se rechaza, en nombre de la libertad. Para esta mirada, un estado que regula y controla no es un buen estado; un amigo que cuestiona o que critica no sería un buen amigo; una pareja que demanda y exige, no es una buena pareja. Es más, la monogamia misma se pone en tela de jucio, ya que, ¿cuál sería una más drástica reducción de la libertad individual que el compromiso a no entablecer relaciones sexuales ni románticas con nadie más que una sola persona? El amor libre, las relaciones abiertas y otros nuevos contratos emergen como respuestas a esta problemática, para no eliminar los vínculos, pero sí hacerlos menos rígidos. Aflojar esas ataduras para que podamos elegir entre más opciones. Porque si tenemos más opciones somos más libres, y eso es lo que queremos.

¿O no?

Las mermeladas y los chocolates nos obligan a dar algunas explicaciones. Porque ese supuesto básico, de que tener más opciones es mejor para nosotros, pareciera no cumplirse, al menos no en todos los casos. Y cuando le soltamos la mano al axioma y le pedimos que se justifique, lo que encontramos son dos problemas y una confusión.

Primero, la confusión. La libertad no es valiosa por sí misma. Tener mayor libertad, en abstracto, como métrica del éxito o de la moral, no tiene sustento. Y eso es porque la libertad es, por definición, un medio para un fin. Queremos ser libres para elegir aquella otra cosa que queremos. El deseo no es la libertad en sí misma, sino que la libertad es aquello que nos permite conseguir lo que deseamos. Por lo tanto, sería una confusión sustituir aquello que realmente estamos buscando, por la búsqueda misma. La pregunta a responder entonces es, ¿qué estamos buscando?

No hay una respuesta simple ni única a esa pregunta, por supuesto. Nuevamente, cualquier definición que uno quiera hacer acá necesariamente va a ignorar un par de milenios de filosofía. Algunos podrían llamarlo bienestar, otros podrían llamarlo sentido, ciertos filósofos le dirían “utilidad” o “valor”, pero no hace falta que tomemos una posición acá. Lo que podemos decir es que la manera de llegar a eso no necesariamente es tener la mayor cantidad de opciones. En el caso de los chocolates, tener menos opciones nos deja más conformes con nuestra decisión. No somos máquinas que analizan racionalmente cada uno de los caminos que podemos tomar y eligen el óptimo; nos dejamos llevar por la intuición, la emoción y el azar, y a veces saturar esa intuición con opciones infinitas puede inhibirla y desarmarla.

Abandonando los chocolates, esta lógica aplica para todo tipo de decisiones. A qué personas les dedicamos nuestro tiempo, qué carrera elegimos, cómo nos relacionamos con nuestra pareja, nuestros amigos, nuestro país. La tradición y las estructuras nos imponen cierto orden, y ese orden tiende a restringir la cantidad de opciones que tenemos si queremos respetarlas; pero a cambio, nos marcan un camino dentro del cual podemos sabernos guiados. Tenemos menos espacio para movernos, sí, pero por eso mismo estamos contenidos. En otras palabras, aumentar nuestra libertad tiene un costo que se paga en incertidumbre.

Eso nos lleva al primer problema: explorar un espacio es más fácil cuando ya hay un camino marcado. Si salimos a recorrer una reserva natural, eso resulta relativamente fácil porque es un espacio que fue marcado por personas que ya lo conocen y nos ofrecen cierta estructura para guiarnos. Caminos ya marcados en la tierra, que nos dirigen hacia aquellos lugares que alguien más determinó que vale la pena que veamos. No podemos salirnos del mapa, del camino preestablecido, lo cual nos hace dependientes de quienes decidieron por nosotros. Pero, gracias a eso, recorrer ese espacio se vuelve relativamente trivial.

Ahora, si salimos a recorrer un territorio no explorado, esto resulta mucho más complicado. Ninguna señal nos ayuda a saber hacia dónde ir, no nos queda otra que tambalearnos de acá para allá hasta encontrar, quizás de manera fortuita, algo que nos guste. Nuestra libertad, en este escenario, es máxima. Podemos ir a donde queramos, cuando queramos. Nada nos condiciona, y nada nos ayuda. Un camino marcado en la tierra no es más que la cristalización del esfuerzo de quienes pasaron por ahí antes que nosotros. Dejarnos guiar es aprovechar ese esfuerzo, no reinventar la rueda. La cultura es eso: caminos marcados en la tierra, esfuerzo acumulado. Es exactamente lo que nos hace fuertes, y lo que nos hace humanos. Las instituciones, las reglas y costumbres, son caminos que nos muestran qué es lo que funcionó en el pasado para tanta gente que pasó por acá antes que nosotros. No siempre se traducen al presente de manera perfecta o literal, y no siempre aplican a nosotros, pero son un buen punto de partida. Igual que en la reserva natural, nos hacen dependientes de quienes construyeron esas tradiciones, de su conocimiento, de su experiencia de vida… pero depender de otros no es algo malo. Uno podría argumentar que, como animales sociales y culturales, es exactamente el núcleo de nuestra naturaleza.

El primer problema, entonces, es que priorizar la libertad nos lleva a valorar ser independientes, a no estar atados a ningún otro, ni a instituciones, ni a tradición, y, en ese proceso, esos caminos que tanto esfuerzo costó marcar se desdibujan. El precio que pagamos es la incertidumbre. Tenemos más opciones que nunca, sin nada que las jerarquice ni las condicione. No tenemos guía ni contención a la hora de elegir. La responsabilidad y el esfuerzo es todo nuestro. Pero otra palabra para esta máxima libertad es desamparo. No es difícil entender por qué, en el momento de mayor abundancia de opciones de nuestra historia, también estamos viendo una crisis generalizada de ansiedad en la población.

El segundo problema es un poco contradictorio, pero no por eso menos real. Resulta que escapar del mandato puede convertirse en el nuevo mandato. La contracultura se convierte en cultura. La máxima que nos lleva a huir de la tradición y rechazar la estructura (para ser más libres) se convierte en una nueva estructura, que debe ser mantenida para no caer en esa tradición que tan peligrosa es. Entonces, se empieza a ver con cinismo y con ojo crítico a aquellos que se amoldan a esa tradición. Quien no prioriza su libertad, quien sigue el camino marcado en la tierra, no está actuando de manera inteligente. Estar “fuera del club” se convierte en un nuevo club, y seguir los caminos preestablecidos te deja afuera. Paradójicamente, esto termina reduciendo la libertad que queríamos maximizar, en un sentido bastante meta: para ser aceptados por otros, debemos demostrar que no dependemos de otros. Para elegir con mayor libertad, debemos renunciar a los caminos tradicionales… reduciendo así nuestra libertad de recorrerlos.

¿Qué hacemos entonces? ¿Cuántos chocolates deberíamos querer ver en la bandeja? ¿Deberíamos restringir nuestra elección para encontrar aquello que estamos buscando? Esto podría querer decir no usar apps de citas pensando que las personas con las que podríamos salir son infinitas, y en cambio ser más concientes de lo difícil que es encontrar a alguien con quien realmente querramos pasar toda la vida. O podría querer decir comprometernos a largo plazo en una carrera, aunque signifique perdernos de un montón de otras cosas que nos hubiera gustado hacer. ¿Cómo sabemos hasta dónde restringir, y hasta dónde expandirnos?

La respuesta está exactamente en poder hacernos la pregunta. Cuando dejamos de ver la libertad como un fin en sí mismo, y lo reconocemos como un medio, se nos habilita cuestionarla. Para cada situación, podemos preguntarnos cuántas opciones nos interesa realmente tener, cuánto queremos escuchar a las tradiciones, y cuánto queremos valorar los caminos institucionalizados. Dejamos de demonizar la estructura que ya existe, pero tampoco la respetamos a ciegas. El camino no se desdibuja, ni se vuelve obligatorio. Si queremos seguirlo, lo seguimos. Si queremos ver qué hay afuera, también está bien.

Mi libertad termina donde empieza la del otro, marcando así fronteras a no cruzar. La cultura, en cambio, empieza en esos lugares en donde nuestros espacios se superponen. A veces, puede ser que lo que buscamos no esté en la expansión total de una burbuja que nos separa, sino en el encuentro, en aquello que nos une. Eso que nos conecta, que nos tira para un lado y para el otro, que nos hace dependientes y que nos condiciona.

Pero qué condición tan hermosamente indispensable que es estar con otros.

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