el blog Nº 001

Nadie se merece nada

Es un argumento trillado, pero también de los menos intuitivos, así que creo que vale la pena repetirlo una vez más.

Cuando somos chicos nos cuentan la historia del bien y el mal. Nos enteramos que por un lado están las buenas personas, los bomberos que rescantan gente de edificios en llamas, quienes ayudan a la abuelita a cruzar la calle; y por otro lado están las malas personas, que mienten, se ríen de otros, son violentas y egoístas. Si ese concepto no viene ya programado de fábrica en nuestro cerebro, y si nuestros padres no nos lo inculcan desde que empezamos a decir las primeras palabras, seguro que serán los dibujitos animados, las películas, y hasta los juguetes con los que jugamos. Están los superhéroes y los supervillanos. El mundo es así.

Después, cuando crecemos un poco, nos damos cuenta de que en la vida real casi nadie encaja perfecto en una de estas dos cajitas. Hay gente que parece hacer cosas malas a veces, y otras tantas veces hacer cosas buenas. Quizás un día alguien se levanta cansado y egoísta y con ganas de concentrarse en sí mismo y en nadie más, pero en general siempre está dispuesto a ayudar a alguien que lo necesita. Puede ser que haya gente que se anima a cruzar la calle con la abuelita, pero no a entrar a un edificio en llamas, no porque no sean buenos, sino porque no son tan valientes. Empezamos a notar que las personas no pueden definirse tan solo como buenas o malas, sino que cada ser humano se define por múltiples dimensiones, y en general nadie está en los extremos de ninguna, sino que encontramos en todas algún punto medio. Más para un lado en una, para otro lado en otra, pero lejos de encajar en tan solo dos etiquetas.

Lo que sí corroboramos en el proceso es que no somos todos iguales. Hay ahí algunos sliders para mover. Hay gente que corre más rápido y otra que corre más lento. Algunas personas son más inteligentes, unas dibujan muy bien, y sí, estarán las que van a ganar el premio al mejor compañero o compañera de la clase porque siempre están dispuestos a dar una mano. Al crecer aprendemos que la humanidad es muy diversa y, naturalmente, la pregunta que más nos interpela es en qué lugar de cada uno de esos sliders estaremos nosotros.

La respuesta a esa pregunta será el factor determinante de toda nuestra historia. En un sentido literal: será el núcleo que le dé estructura a la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre quiénes somos, será el motor de lo que llamamos identidad. Quizás de chicos nos dijeron que éramos muy inteligentes y siempre nos iba bien en las pruebas, o que éramos muy quilomberos en clase, o que teníamos muchísimos amigos, o éramos súper creativos, o se nos daba bien o mal tal o cual cosa. A partir de comentarios, anécdotas y de nuestros propios intereses, vamos construyendo una narrativa coherente y bastante estructurada de todo aquello que somos y todo aquello que no. Y, como esta narrativa es extremadamente importante para nosotros (literalmente nos define), la defendemos con uñas y dientes. Es algo que nosotros construímos, algo por lo cual nos esforzamos, y que día a día mantenemos. Quizás, esta identidad, es algo que elegimos.

Si somos creativos, es porque elegimos cultivar esa creatividad. Si somos inteligentes, es porque decidimos estudiar mucho. Si corremos muy rápido, es porque quisimos hacer ejercicio y llegar a correr así de rápido. Y, como consecuencia lógica, quienes son menos creativos, inteligentes o rápidos, será porque eligieron caminos diferentes. No estudiaron tanto, no hicieron tanto ejercicio. No se esforzaron como nos esforzamos nosotros. No lo desearon como lo deseamos nosotros, o no estuvieron dispuestos a hacer los sacrificios que hicimos. Aparece así el mérito como base y estructura de la ética: quienes tienen cosas buenas, las tienen porque eligieron bien, y merecen disfrutar los frutos de su esfuerzo. Quienes eligieron peor… quizás no merecen pasarla tan bien.

Esa es la historia, por lo menos.


Pero cuando crecemos un poco más, por ahí empezamos a notar fallas en esa lógica. Algunas inconsistencias, grietas en el muro. Errores en la matrix, dirían algunos. Quizás nos damos cuenta de que no todos tuvieron las mismas oportunidades que nosotros. Que hay quienes nacieron en situaciones de extrema pobreza y tuvieron que salir a trabajar cada día como niños a luchar por la cena de esa noche, mientras nosotros leíamos en la cama, veíamos la tele o jugábamos videojuegos con amigos. Que hay personas que nacieron con enfermedades o condiciones para las cuales el mundo no está adaptado, y que fueron obligados siempre a adaptarse cuesta arriba, en contra de las circunstancias. Puede ser que nos preguntemos, en algún momento, mientras tomamos un té en un barcito muy cuidado y alguien se para a nuestro lado a pedirnos algún billete que nos sobre para poder comprar algo de comer: ¿Por qué yo sí y ellos no?

No pareciera ser el esfuerzo la respuesta, muy por el contrario, las vidas que más esfuerzo conllevan son evidentemente las menos privilegiadas. Tampoco sería razonable sostener una especie de argumento kármico y decir que las buenas personas reciben cosas buenas, y las malas reciben todo lo malo, ya que un corto vistazo al mundo alcanza para enterarnos de que muchas de las personas que más sufrimiento causan son también las más privilegiadas. Y, sin embargo, por alguna razón, yo tengo la suerte de estar tomando un té en el barcito, y mucha otra gente no.

Suerte.

No parece haber otra conclusión razonable. El único factor que consistentemente separa a dos seres humanos que se encuentran en situaciones diametralmente distintas es la suerte, el azar. Uno creció en el seno de una familia que lo nutrió de libros, preguntas, pensamiento crítico… pero también que lo nutrió en el sentido más literal, que le dio el alimento que su cuerpo y su mente necesitaban para desarrollarse, que lo llevaron al médico siempre que se sintió mal, y que le dieron el sustento para que no tuviera que preocuparse por la cena, y en cambio tuviera tiempo de pensar, jugar, explorar, disfrutar. Tiempo de estudiar una carrera que le guste sin tener que trabajar a la par, o de dibujar como hobby durante tantos años que se vuelva intuitivamente fácil. Ese tiempo, esa tranquilidad, esa suerte, de la cual no podemos hacernos cargo, porque no la elegimos, sino que nos tocó.

La conclusión es inescapable incluso fuera de los privilegios económicos más obvios. Aquel que “se las rebusca” para salir de la pobreza también necesita la suerte de haber aprendido alguna habilidad clave, o de haber tenido una oportunidad inesperada, o de habérsele inculcado, o haberse topado con, aquellos hábitos que le permiten esforzarse mucho más allá de lo cómodo y lo razonable, con la confianza de que perseverar es la única manera de progresar. Aquel que sale tampoco es mejor que otros, ni tampoco merece más que otros, porque ninguna de esas circunstancias fortuitas se le pueden atribuir, sino que son obra del azar.

Un experimento a fines de los años 60 sentó a varios niños solos en una habitación con un dulce en un plato frente a ellos. La consigna era simple: si no te comés el dulce y esperás un rato, voy a volver con otro dulce igual y podés comerte los dos; si te lo comés antes de que vuelva no te doy otro, te vas a terminar comiendo uno solo. Algunos niños esperaban pacientemente, lograban aguantar la tentación y se comían los dos dulces, mientras que otros sucumbían antes y tenían que conformarse con uno solo. Muchos años después, los investigadores volvieron a ver qué era de la vida de estos niños, que ya eran adultos. Lo sorprendente es que, aquellas personas que de niños aguantaron un rato para comerse un dulce más, de grandes también fueron capaces de aguantar otras situaciones incómodas, como estudiar mucho aunque sea aburrido o tedioso, y mostraban un mejor rendimiento académico y mayor éxito en general, comparados con aquellos que, de niños, no pudieron esperar unos minutos al dulce número dos.

¿Cómo podemos exigirle a una persona responsabilidad por sus acciones si se desprenden de una personalidad que no eligió? ¿De una crianza que estuvo totalmente fuera de su control? ¿De una combinación de genes que no podría haber modificado ni aunque quisiera?

Un clásico ejercicio de mindfulness plantea concentrarse cuidadosamente en los pensamientos que aparecen espontáneamente en la mente cuando uno está intentando no pensar en nada. Con un poco de entrenamiento y mucha paciencia, es posible darse cuenta de que esos pensamientos surgen, como burbujas en el agua, de manera completamente descontrolada. No somos nosotros quienes los materializamos, no decidimos realizarlos; más bien, observamos que aparecen, aparentemente de la nada. Algo parecido se puede percibir, con un poco más de paciencia, cuando hablamos. Si uno se concentra muy precisamente en los movimientos de su boca mientras habla, y en las palabras exactas que va eligiendo momento a momento, de pronto la palabra “elegir” se siente mucho menos indicada. Hablar, lejos de ser un proceso consciente, nos convierte también en meros espectadores de aquello que genera nuestro cerebro de manera automática. Podría decirse, por azar.

Ese azar actúa de todas las maneras y es la causa última de todos los sucesos. Somos concebidos de un óvulo y un espermatozoide que fortuitamente se encontraron y determinaron los genes que determinarán las posibilidades de nuestro cuerpo y nuestra mente, nuestra familia y nuestro entorno va a moldear esas posibilidades en la realidad concreta que es nuestra personalidad, y nos ofrecerá oportunidades y caminos. Tomaremos algunos, y otros no. Ese recorrido está compuesto de pequeñas y grandes decisiones, determinadas por ese entorno, por esa crianza, por esos genes, por ese azar.


Es una gran idea esforzarse, trabajar todos los días en ser mejor persona y en tomar mejores decisiones. Porque hacer esto nos lleva a tener una mejor calidad de vida, y a mejorar la calidad de vida de quienes nos rodean. Y eso puede requerir a veces que nos narremos a nosotros mismos como sujetos que deciden libremente, incondicionados por las circunstancias. Está bien, nada de eso es incompatible con todo lo anterior. No tenemos la obligación de ser completamente realistas todo el tiempo; no podríamos disfrutar una película o un buen libro si así fuera. Pero deberíamos trazar la línea en la arena cuando se trata de juzgar a otros. Sospechemos de argumentos que pongan en el otro la culpa o la responsabilidad última de sus acciones, o de su porvenir. No aceptemos jamás que los pobres son pobres porque no se esfuerzan, que si alguien hizo algo mal, merece ser castigado, pero tampoco que uno tiene una buena vida por mérito propio, ni merece ser premiado por sobre otros por sus esfuerzos.

Porque en última instancia, ninguna de esas diferencias que tenemos con los otros son realmente nuestras. Las tomamos, sin decisión de por medio, de un gran océano de azar. Podríamos haber nacido con una mente, un cuerpo y un entorno completamente distintos, pero estamos ahora en donde estamos. Rememos hacia adelante, sí, pero seamos compasivos con otros y con nosotros. Porque todos nos merecemos la compasión que proviene de entender que no elegimos estar acá, que hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Y porque nadie se merece nada.

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